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 LA DIFAMACION, EL ARMA QUE ESGRIMEN LOS MEDIOCRES

 

Hace ya casi tres años que en varias asambleas difamaron a colegas con conceptos degradantes. Uno de esos colegas fue el Sr. Héctor Souto, con una trayectoria destacada en el gremio del transporte. ¿Por qué molestaba tanto el Sr. Souto? Porque informó en su momento que no habíamos  ingresado en el fideicomiso del gasoil para el transporte porque aceptamos no ser incluidos. Pensemos: ¿Quiénes “aceptamos” no ser incluidos? Hoy sabemos que simplemente por decir la verdad se ensañaron con su persona. 

 Recordemos que la confrontación de ideas en el marco de las posibilidades políticas de una comunidad representa la necesaria información al ciudadano para que éste pueda ceder su representatividad a quien se gane su confianza, pero también representa una de las caras de la lucha por el control del poder. Esto último lleva a que muchas personas  perciban esa confrontación como lucha sin cuartel por hacer prevalecer las posiciones políticas de los partidos por ejemplo, lo que se acentúa cuando se detectan usos poco honestos para destruir la imagen pública del contrario, ya que los mismos parecen ser mucho más eficaces que el rebatir las ideas políticas. Entre esos usos poco honestos destaca la difamación, que suele tener como objetivo hacer público facetas privadas del entorno del adversario político.


A veces se argumenta que los personajes públicos, donde se incluye a quienes se dedican a la política,  poseen una proyección pública que hace que hasta sus actos más privados puedan constituir interés para quienes han de establecer con ellos una relación de confianza depositándoles su representación. El fundamento sicológico de esa pretensión está en considerar que la trayectoria pública  está mas determinada por su modo de ser que por su discurso.

Ese recurso a la difamación personal es tanto más contundente cuanto más sólido es el trabajo político y menos fisuras y resquicios profesionales quedan para la legítima crítica. La difamación encierra una falta de ética relevante para toda la sociedad, porque el juicio que merece cada persona es el que trasciende del conjunto de su modo de obrar.

Ello es lo que conforma la fama de una persona, que no se corresponde con otra cosa que con la opinión común que de ella tienen los demás. Desequilibrar ese criterio al difundir exagerando algunos defectos es lo que busca la difamación, para que la estima se sienta repercutida cuando sobre los valores personales se proyecta la sospecha de inconsistencia y sobre las debilidades de ser lo más relevante de esa personalidad.

Esa difamación política que es minuciosamente orquestada por algunos  grupos de presión alineados con determinadas ideologías, no sólo atentan a determinada persona cuya coherencia personal se ataca, sino a toda la credibilidad del sector de la sociedad al que pertenece, porque una vez aceptada la difamación como forma de lucha política se instala la duda permanente en el medio en el que se  desenvuelve la persona perjudicada.

En el fondo de toda difamación radica una especie de mínima justificación del tiranicidio, por la que hasta los peores  políticos o actores sociales  llegan a encontrar justificación cuando cada uno se considera dueño de la verdad.

En el caso específico que hoy nos referimos  nos duele comprobar que una persona de bien como el Sr. Souto haya sido difamado injustamente. Ponemos a consideración de los colegas esta situación para que puedan hacer su propia reflexión, después del tiempo transcurrido.

A nuestro amigo y colega, Sr. Héctor Souto,  nuestro afectuoso saludo recordándole que el tiempo y la verdad se conjugan siempre para demostrar la realidad de los hechos.

 

 

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