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¿Quiénes son “incapaces”?
El pasado 27 de marzo en la Asamblea de CAYCUT, el Sr. Alberto Gómez se refirió a los fiscales de la Cooperativa como “incapaces” por haber contratado un técnico para controlar el balance.
En primer término creemos que cuando nos dirigimos a otras personas debemos hacerlo con respeto, sin utilizar palabras o expresiones que pueden herir la sensibilidad de quien es mencionado o directamente “acusado” por tomar una medida que creemos que demuestra la coherencia y el buen criterio de quienes tienen la responsabilidad de hacer un análisis de algo tan específico como lo es un balance.
En segundo término, cuando usamos una palabra con la intención de descalificar a otros es necesario conocer el significado de dicha palabra y sus connotaciones. Antes que nada es preciso determinar quién mide la incapacidad de una persona, quién está en condiciones de dar un diagnóstico idóneo sobre la incapacidad de otro.
Por nuestra naturaleza humana, cada uno de nosotros tiene una aptitud o una “capacidad” para algo diferente. De ahí que existan diferentes profesiones u oficios, como: arquitecto, contador, profesor, actor, pintor, músico, etc. En los últimos tiempos se ha impuesto una nueva terminología para denominar a las personas que antiguamente eran llamadas “discapacitadas” ya que esa expresión va en detrimento del individuo y profundiza la discriminación por lo cual se debe utilizar la expresión “con capacidades diferentes”. Esta expresión es mucho más acertada ya que todos tenemos capacidades en distintas áreas y por ese motivo el trabajo en grupo o equipo es tan importante porque cada uno con sus capacidades específicas nos complementamos y logramos cubrir todos los aspectos de un problema, un proyecto, un emprendimiento, etc.
Cuando hablamos en público debemos ser muy cuidadosos de nuestras palabras, de nuestras manifestaciones hacia otras personas. Podemos discrepar, debatir sobre un tema, etc., pero siempre en forma positiva, argumentando las razones por las cuales no estamos de acuerdo, teniendo en cuenta que nuestra percepción es muy personal y no es necesariamente la que tienen los demás sobre un mismo tema. El mal hábito de usar un lenguaje agresivo y descalificador se sostiene por un hábito de pensamiento negativo. Nuestras expresiones pueden perjudicar seriamente a otros y a nosotros mismos, porque quebrantamos los principios fundamentales de toda relación humana.
El respeto se debe cultivar diariamente, los valores humanos hay que rescatarlos desde el más simple de los actos que protagonizamos en la convivencia hogareña o en el ámbito laboral o social. La fórmula más fácil de lograrlo es poniéndonos en el lugar del otro, como si fuésemos nosotros los destinatarios de palabras hirientes o discriminatorios. Así sentiríamos en carne propia la agresividad que dichas palabras encierran y podríamos medir el daño que causan.
Esperamos que en próximas reuniones o encuentros nuestros colegas cuiden sus expresiones y manifiesten respeto hacia los demás.
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